La Forchetta es el tenedor, un cubierto sencillo a primera vista, pero lleno de viajes, usos e historias. Hace mil años la hija de un emperador de Bizancio lo llevó a Europa, donde originalmente no gozó de buena fama e incluso fue tildado de escandaloso, reprobable y de instrumentum diavoli. La noble renacentista Catalina de Médicis, que lo usó también para rascarse, lo puso de moda en Europa. ¿Quién creería que ese delicado cubierto, visto al principio como algo amanerado, era el descendiente del poderoso trinchador con el que los héroes de la Ilíada asaban la carne según Homero? Remoto es también el viaje que el tomate ha recorrido hasta ser parte inseparable de la mesa.

En su México natal, el tomátl, en lengua náuatl, fue servido a Cortés, y a bordo de galeones llegó a Europa. En Italia fue llamado pomo d`oro, manzana dorada, porque eran amarillos los tomates que allí llegaron. El pomodoro se convertiría en un invitado esencial en las cocinas del mundo. También lo sería el queso, que desde milenios se preparaba, primero en Asia, y luego en la antigua Grecia y en Roma. Eran de cabra los que calmaron el hambre de Odiseo y sus infortunados compañeros en la peligrosa gruta del Cíclope.

Algunos dicen que de la eterna Roma proviene la pasta, pero otros, entre ellos Marco Polo, sitúan su origen en la antigua Catay, China, primera patria de tantos inventos. Todos esos viajes, descubrimientos, retornos y mezclas están hoy ante tu mesa, querido comensal. Y todo lo que necesitas para comenzar tu propio viaje es una sencilla Forchetta.
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